Ventanas al pasado

Por JUAN PAREJO PINEDA

Era la viva estampa de la soledad en el desequilibrio físico que lo asolaba. Su viejo cuerpo apenas lo aguantaba en sus cortos desplazamientos, desde la cama al sofá, desde el sofá (ya en espíritu) al viejo rincón de sus recuerdos.

Tras sus ventanales asomaba asomaba el cielo gris plomizo de la primavera alemana, tan pálida y escasa de esperanza.

Un día más, parecido a muchos pasados, en los que la calidad vital, solo se sustentaba con la puesta en escena de sus recuerdos más entrañables.

Era su único bagaje, desde que, terminada su productividad laboral y después de su viudez, sus hijos lo pusieran en una residencia de la tercera edad de la ciudad de Colonia.

Imposible volver (se decía) a recrearse en el cielo azul celeste primaveral de aquella Lucena que lo vio nacer y a la que tubo que abandonar para buscar sustento, hacía la friolera, de sesenta años. Había pasado tanto tiempo que ya nada sería igual.

En el sopor del duermevela del sillón los transportó en la libertad de los sueños a una tarde abrileña en la primera Cruz Romera del Camino de la Sierra de Aras,  cuando las niñas en la dulce espera de la bajada virginal entonaban la vieja canción de “cantinerita”. Vueltas y vueltas al diapasón de la memoria “Ferrocarril” “carrillo llano” “se va mi amor” “se va mi hermano” “se va mi amor” “se va la prenda que adoro yo”.

En una de las vueltas, se encontró con aquella mirada de unos ojos de miel que revolucionaron su alma. Aquella transparente chiquilla con sonrisa de cristal que le mostró su mano, cálida de sutil suavidad para que la acompañase en la danza del juego de la canción.

“Si te llamas Araceli no llores ni tengas penas”, en el murmullo secular de la Romería, de entrecortados cohetes que presagiaban el paso de la procesión en andas plateadas de la Virgen, y que a la postre rompió el encanto de la danza juvenil en el rellano de la primera Cruz.

Después recortes por el sendero del “Caracolillo” entre amapolas trigueñas que serpenteaban el camino entre el arroyo que formaba la fuente perdida entre las camadas que de alguna forma alivió la sed del caminante.

Caminó ligero para encontrarse de nuevo con el cortejo romero, riqueza en la Puerta de la Mina, donde la mágica adoración de fervor aguardaba el momento más solemne y conmovedor de las memorias que nunca se pierden.

Entre el clamor popular de los vítores y el sonido de las campanas de las iglesias lucentinas que anunciaban la buena nueva, sintió de nuevo la caricia de una mirada; aquella zagala de pelo de noche, de mejillas de amapola y sonrisa de cristal que con un rictus de diosa, le mostró entre sus dientes de nácar un arrebato de complicidad y le dijo sin hablar, el teorema platónico de un amor fugaz, que se gestó en el aroma campestre, delos mirtos salvajes salpicados de flores abrileñas, entre el sendero del Caracolillo, y aquella primera Cruz que forjaron el inolvidable primer amor.

Había terminado la recolección y el trabajo escaseaba, haciendo tan imposible la supervivencia que se encontró en tierras extrañas y lejanas, siempre con la esperanza de volver al viejo remanso del hogar perdido donde la vieja casa ancestral se refleja.

Pero ya no había esperanza, nunca más volvería, solo le quedaba el encuentro con la hermana Muerte donde quizás encontraría aquel viejo rincón de su niñez y tal vez aquella mirada cautivadora que nunca olvidó.

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